Colombia no necesita más héroes ciudadanos que ofrezcan su vida como colofón de una lucha titánica, tantas veces solitaria, contra la corrupción. Tras años de denunciar hechos y personas que merecían quedar bajo la lupa de las autoridades por su mal manejo de los recursos públicos, Jaime Vásquez, de 54 años, abogado, veedor ciudadano de Cúcuta, fue asesinado al recibir tres disparos en la panadería del barrio. La Riviera, en la que se refugió tras percatarse de que una moto lo seguía.

Su última denuncia apuntaba a una presunta anomalía en la manera como el Instituto Financiero para el Desarrollo de Norte Santander se había excedido en sus facultades al ordenar el embargo de unos vehículos propiedad de ciudadanos extranjeros.

Por su trabajo, que usaba como plataforma a Facebook, ya había recibido amenazas, razón por la que la Unidad Nacional de Protección le había asignado una escolta. No estaba con él en el momento de los hechos porque Vásquez le había autorizado retirarse a descansar. Surge entonces la pregunta de por qué alguien con ese nivel de riesgo no contaba con una escolta de relevo.

Urge hacer algo para que no termine de consolidarse una escabrosa tendencia: la del destino mortal que les espera a personas que desde las redes sociales, con amplio respaldo ciudadano, como quijotes solitarios se enfrentan a opacos y poderosos poderes. Lo sucedido con Vásquez guarda dolorosa similitud con lo ocurrido, por solo mencionar dos ejemplos recientes, a los periodistas Marcos Montalvo, en Tuluá, y Rafael Moreno, en Montelíbano, Córdoba.

Es necesario también que se escuche el clamor que hoy llega desde la ciudad fronteriza sobre las presiones de grupos armados y las mafias contra todo aquel que advierta sobre cómo se han extendido en los últimos tiempos sus tentáculos.

Actuar en este sentido y no dejar su muerte impune es un homenaje justo a la memoria de Vásquez.





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