Estemos tranquilos, la ciencia ya lo ha dicho todo: un buen hombre nacido en Brujas, cuenta el periódico flamenco De Standaard, fue apresado en el verano del año 2019 mientras conducía su automóvil en aparente estado de embriaguez. No sabemos nada de él, todavía no, salvo su edad agorera y rotunda: cuarenta años al momento de la captura, cuando la policía local le detectó una cantidad escandalosa de alcohol en la sangre.

Lo curioso es que él se defendió como suelen hacerlo los borrachos de verdad, diciendo que no se había tomado ni un solo trago. Ni siquiera en la víspera, ni un vino ni un whisky ni un brandy: nada, ni un margarita. La policía quedó desconcertada porque el comportamiento del sospechoso era en efecto tranquilo y razonable, o por lo menos muy distante de lo que uno esperaría ante una borrachera así, a juzgar por la sangre que nunca miente.

Le hicieron las pruebas de rigor varias veces: el soplido en el alcoholímetro, cerrar los ojos y saltar en una pierna, reconocer el día y la hora, caminar en línea recta con los brazos en cruz. Todo parecía estar normal; todo salvo sus venas, un verdadero viaducto del “vital licor”, como decía Neruda, un hervidero etílico que resultaba irrefutable aun si su dueña lucía más sobrio que un pastor protestante que también estaba allí.

Al final nuestro pobre director bruguelense pasó una noche en la cárcel y fue despojado de su licencia para manejar: era lo mínimo, dado el penoso estado en el que fue sorprendido en flagrancia. Pero él no cejó en la reivindicación justiciera de su nombre y su abstinencia; No es que no le guste el trago, dijo, todo lo contrario. Pero podía jurar sobre la Biblia, completísimo y docto catálogo del alcoholismo, que no se había tomado ni una sola copa en varios días.

Una abogada famosa en el circuito judicial de la Bélgica flamenca, Anse Ghesquière, se apersonó del caso, o digamos más bien que se condolió de su protagonista y su aparente sinceridad, su desespero sin matices ni vacilaciones, su cara de angustia y desolación (se lo imagina uno llegando a la casa: “mi amor, no me lo vas a creer…”). Algo más tenía que haber allí, un misterio que ella iba a resolver costara lo que costara.

Y un misterio sí había, cómo no, resuelto primero por la ciencia y luego, a regañadientes, por la justicia. Porque el falso borracho de Brujas, como para darle un nombre literario sacado casi de los libros de Georges Rodenbach –un autor magistral por si alguien en este bar no lo conoce–, el falso borracho de Brujas padece un síndrome que a muchos les sonará envidiable. y delicioso: el síndrome de la autocervecería.

Así como suena: por una extrañísima condición anómala del sistema digestivo, quienes padecen este síndrome producen, según lo que vayan comiendo a lo largo del día, su propia dosis personal de alcohol en el cuerpo, muchas veces en cantidades incontrolables, lo cual puede generar algo muy parecido a la embriaguez, que Baudelaire recomendaba como la única opción viable para soportar el mundo, o una elevadísima contaminación de la sangre.

Fue lo que le pasó al borracho de Brujas: no sabía que era portador del síndrome de la autocervecería (haberlo conocido antes), y solo un examen médico que requirió su abogada reveló toda la verdad y nada más que la verdad: el pobre tipo no. Había tomado nada cuando la policía lo capturó, pero en cambio había estado comiendo sin freno toda clase de harinas y carbohidratos, por eso su sangre parecía la de un cosaco.
Y ahora que todo se sabe, los jueces del reino le han pedido perdón: su nombre ha quedado otra vez limpio, si quiere volver a conducir su automóvil. Y que celebre como Dios manda, con un gran banquete de papas fritas.
El trago lo pone su organismo, salud.

(Lea todas las columnas de Juan Esteban Constaín en EL TIEMPO, aquí)





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